He cumplido básicamente todos mis sueños de adolescente.
Si me queda alguno, es que no era imprescindible.
Tener una gran mansión con piscina y un gran terreno no es sustancial para la vida.
No es que haya abandonado ese sueño, la verdad.
De vez en cuando algo de materialismo no está mal.
Pero no puedo negar que he conseguido la mayoría de mis propósitos.
Si viajo al pasado y se lo cuento a mi yo de adolescente no se lo creería.
Sólo tengo que releer mis poemas de adolescente y darme cuenta de cómo me ha cambiado la vida en estos siguientes veinte años.
Porque éste ya es mi cuarenta verano.
He entrado en la fase en la que estadísticamente me queda menos tiempo por delante.
Lo que he hecho hasta ahora es lo que he hecho hasta ahora.
Y aunque este momento parezca el peor de los tiempos, siempre será recordado como aquellos viejos tiempos.
Los viejos tiempos siempre fueron buenos y mejores que el presente, es nuestra naturaleza.
Sin embargo nuestra selectiva memoria nos hace olvidar las cosas pequeñas.
Como escuchar una conversación de mis peques justo después de despertarse.
"¿Vais a desayunar ya?" "Id a hacer pis." "¡No te subas encima de tu hermano!"
Estas delicias que conforman nuestra cotidianidad y que muchas veces ni recordamos.
Y los sueños que tuve de adolescente estuvieron bien, pero la emoción estuvo en lo que ni tan siquiera sabía que podía soñar.
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