sábado, 29 de septiembre de 2012

El intruso

El centro de Sant Boi bajo la lluvia, hoy

Un día de lluvia sin parar.

Eso sí que es noticia.

Hacía mucho que no sucedía por estos lares.

Claro que, con el calor que ha habido este verano, no es sorprendente.

Además, es justo la época pertinente.

El verdadero problema ha estado en el sur de la península.

Ahí han habido tragedias por la lluvia.

Incluso por la zona de Almería en donde nació mi madre.

Pero como es lo cercano lo que nos afecta, diré que he probado la lluvia de hoy.

Me he lanzado a viajar por la ciudad bajo la lluvia con un minúsculo paraguas y un calzado no adecuado.

Es lo que pasa cuando se es ultrapobre.

Como se acerca el cumple de mi peque-peque, ya cuatro vueltas alrededor del Sol, me he ido a comprarle un juguete a un centro comercial, en las afueras.

Por eso de que es más barato.

Y dicho centro estaba bullicioso de gente animada comprando, digo, consumiendo.

Gente con coche y billetes de 50 euros dispuestos a intercambiarlos.

Y yo, con mis zapatos y pantalones empapados, con mis gafas con celo para aguantar una de sus varillas, me he sentido un intruso.

Alguien que no formaba parte de la escena.

Niños riendo, familias juntas, carritos repletos.

Ya me había olvidado de ello.

Pese a todo, soy consciente de que la sensación de no formar parte es inducida.

Es una trampa.

Es pura presión psicológica.

Te pasan el brillo ante tus ojos para darte presión.

Hacerte creer que tienes que formar parte de la mátrix y llegar a ser como ellos.

Pero mi viaje no tiene vuelta atrás.

Aunque me recupere económicamente, ya no volveré a ser como ellos.

He comprado el juguete, he hecho la cola y he salido del centro del absurdo consumo.

He esperado el autobús bajo la lluvia durante media hora.

Mis pies se estaban congelando cuando por fin apareció el autobús.

Sí, sé que ellos en sus vehículos con calefacción no se arriesgan a tener una nariz tapada como la tengo ahora.

Sí, sé que seguramente tendrán una vida más larga que la mía por estar tranquilos en sus burbujas y poder comer las suficientes calorías.

Pero, ¿es eso realmente vida?

Bueno, no digo que la mía lo sea.

Puesto que también he crecido en esta sociedad, apenas sabría responder a esa pregunta.

Pero como mínimo, intuyo que no lo es.

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