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| Esta pasada tarde |
A las tres de la tarde dejo los niños en la escuela.
Entonces me voy una avenida cercana, en la foto, y me asiento en un banco bajo la sombra de un árbol.
Detrás mío pasan los coches sin parar, con prisa.
Saco el móvil de mi bolsillo y me dispongo a leer un libro electrónico.
Pero no avanzo mucho porque mis ojos se caen.
A esa hora siempre estoy adormecido por la siesta que nunca me tomo.
De la bolsa de plástico en la que está la merienda de los niños saco un pequeño bocadillo de paté y me lo como.
Mientras, señoras mayores de sesenta años caminan juntas avenida arriba y abajo hablando de sus cosas.
Supongo que lo hacen para hacer ejercicio.
A veces me levanto y también ando un poco, pero pronto me siento en otro banco.
Es para cambiar de sitio y que no me entre la vagueza.
Leo un poco más, quizás edito alguna foto para enviarla más tarde a instagram.
Mi móvil no tiene conexión a internet porque cada mes me cortan el servicio por no pagar a tiempo.
Creo que eso es ilegal.
La tranquilidad del lugar me cautiva.
A las cuatro me suena la alarma, programada para estar atento.
Pasa más rato y se acerca las cuatro y diez.
Me levanto y me dirijo a las afueras del colegio.
Me vuelvo a sentar diez minutos más hasta que abren las puertas.
Rescato a mis hijos y volvemos a casa, normalmente en autobús.
Así gastamos por las tardes dos viajes de la tarjeta de transporte y no cuatro.

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